EL ACOMPAÑAMIENTO EXPERTO PARA QUE CADA MUJER TRANSITE SU PROPIA TRANSFORMACIÓN EN LA MATERNIDAD

September 25, 2017

       Cuando el posparto es visto desde una perspectiva idealizada e irreal de la maternidad y se espera que la mujer que tiene un bebé se convierta por fin en una mujer completa, realizada y feliz, y que ame y se sacrifique por su bebé, cualquier emoción o pensamiento que no responda a este imaginario social será una fuente de ruido y conflicto para la nueva madre. Pocas veces, el entorno social actual abre espacios para que una puérpera exprese con libertad y sin juicios sus aprensiones, sus temores, sus dudas y hasta su desilusión ante la realidad de la maternidad. Esas emociones no se aceptan con facilidad y se tienen a  minimizar los conflictos maternos o a devolvérselos a la madre en forma de culpa por no estar cumpliendo con las expectativas asociadas a su nuevo rol.

 

       Una doula es una acompañante, una guía, un apoyo en el tránsito a través del viaje personal que implica renacer como madre después de pasar un período de intensos cambios durante la gestación, parto y puerperio.

 

       La figura de la doula es a la vez nueva y arcaica. Prácticamente desconocida en muchos países, como en Chile por ejemplo, su rol suele ser cumplido al menos en parte por alguien más o menos cercano a la mujer que se hace madre, aunque muchas veces de manera informal, intuitiva o inconciente.

 

       Tal vez porque todo el proceso reproductivo, y particularmente el parto, implican una experiencia corporal y emocionalmente muy potente, las mujeres de forma espontánea tienden a buscar ayuda y apoyo emocional en otras mujeres. Y como quienes ya han pasado por la experiencia conocen su potencia, muchas veces suelen brindar este apoyo también de manera espontánea a las nuevas mujeres que comienzan a transitar por la maternidad. Sin embargo, debido que estamos inmersos en un sistema cultural que desde hace bastante tiempo ha relegado al olvido y al descrédito aspectos tan importantes como la intuición y la capacidad de amar, mientras desvaloriza a las mujeres y  alo femenino, la figura de la doula en la actualidad tiene un rol que requiere cada vez de más conocimientos, habilidades y actitudes concretas y especializadas que le permitan acompañar de a las mujeres que se hacen madres desde una perspectiva empoderadora y personalizada.

 

       Una doula presta su experiencia y su sabiduría acompañando a la mujer gestante para que se prepare para el nacimiento de su hija o hijo. Ella es un soporte emocional para la mujer que se encuentra en trabajo de parto: a su lado, con afecto y tranquilidad, se encarga de aplacar las olas de ansiedad y temor que acompañan este proceso; ella puede ayudar a aliviar el dolor de las contracciones con masajes, aromas o ayudando a la parturienta a encontrar la posición que más le acomode en el transcurso del trabajo de parto.

 

       La doula no atenderá específicamente el parto, y por eso su rol es tan importante desde el punto de vista emocional, ya que se centra fundamentalmente en las necesidades de la mujer y en cuidar su entorno inmediato. Luego, una vez que el bebé y la madre pasaron por el proceso de separación, la doula del posparto se encarga de orientar a la nueva madre en los cuidados básicos del bebé, en su propio cuidado, acerca de la lactancia materna, sobre cómo interpretar el llanto del bebé y en general le ayuda y orienta respecto de las miles y diversas tareas, dudas y ansiedades que este período implica.

 

       La maternidad es un proceso de profundos cambios, es la transformación de las mujeres que a través de la gestación, parto y puerperio se constituyen así mismas en una nueva identidad, en un cuerpo distinto que cumple funciones nunca antes desempeñadas, y en un rol completamente nuevo. La maternidad como proceso siempre ha sido compartido con otras mujeres; naturalmente las gestantes y las puérperas requieren y recurren a otras personas (mujeres en la mayoría de los casos) buscando apoyo, orientación y ayuda para alcanzar con éxito esta metamorfosis personal y lograr de la mejor manera cumplir con la ardua tarea de cuidar y satisfacer las necesidades propias y del nuevo ser que ha traído al mundo.

 

       Desde una perspectiva evolutiva es altamente probable que desde los albores de la humanidad, las mujeres gestantes, y sobre todo en trabajo de parto, se hayan sentido impulsadas a buscar a otras mujeres con experiencia en los procesos reproductivos para que les brinden confianza y seguridad durante una experiencia que, de tan fuerte, única y extrema, tiene una carga emocional difícil de procesar. Sin duda, este pudo ser el origen del oficio de partera, que para entonces se pudo haber mezclado con el quehacer especialista y diferenciado que hoy realizan las doulas.

 

       Emociones de alegría, ansiedad, expectativa, temor, relajación, entrega, miedo, euforia, dolor, placer… todas ellas, tal vez muchas más -y todas juntas además-, se experimentan en un proceso que como ningún otro en la vida de los seres humanos es tan natural, tan común, tan especial y tan extraño a la vez. Quizá la muerte, posiblemente alguna enfermedad, pero ningún otro proceso vital normal del ciclo de vida de las mujeres (de aquellas que se hacen madres) tiene la potencia muscular, hormonal y emocional de un parto. Igualmente, la transformación corporal, social e identitaria de la maternidad tampoco tiene comparación con las demás transformaciones y crisis normativas del ciclo vital. La transformación que implica ser protagonista de los procesos reproductivos de nuestra especie es universal, ocurre hace cientos de miles de años, es normal y natural, pero al mismo tiempo es siempre particular, extraña –o al menos novedosa-, única e incomparable para cada mujer que la experimenta.

 

       Podremos encontrar entonces muchos elementos comunes para las mujeres que transitan este período, y a la vez, en cada una habrá elementos singulares derivados de la propia biografía que hacen que este tránsito se conduzca “de la mejor manera”, siempre en muy variadas y personales formas. En esto, justamente, es en lo que consiste el quehacer una doula. Ella conoce qué es lo “normal”, lo común y corriente de todo embarazo, parto y puerperio, pero su experiencia y servicio debe apuntar a las características específicas y únicas del proceso personal de cada una de las mujeres a las que acompaña. El trabajo de una doula respeta la individualidad de cada mujer, las características particulares de su pareja o de su familia, las condiciones específicas de su entorno, sus creencias, decisiones, deseos y por supuesto, las características únicas y especiales de su bebé. De este modo, su atención es siempre personalizada, no hay estándares de atención y servicio que hagan de su oficio una rutina. Así, su acompañamiento experto no se rige por un conocimiento autoritativo, sino sobre todo, por su capacidad de descubrir en las señales de la mujer las necesidades específicas y las oportunidades que le permitan aprovechar su transformación en la maternidad para habilitarse como madre, a la vez que para crecer y empoderarse como mujer.

 

       Evolutivamente, el oficio de una doula sería entonces un quehacer tan antiguo como la propia historia de la humanidad, que sin embargo está surgiendo en la actualidad con un nuevo perfil de servicio, con una nueva identidad. Delimitado claramente y distinto del quehacer de una partera o de una psicóloga, el trabajo de una doula aparece y se reconfigura en la actualidad como resultado de las nuevas formas de vida que la modernidad ha traído. Las pequeñas familias nucleares y monoparentales que habitan reducidos espacios en las grandes –y en las no tan grandes- ciudades actuales, suelen dejar a las mujeres-madres sin apoyos familiares efectivos, pues en la mayoría de los casos tampoco el padre, si está, será una figura de apoyo efectiva y permanente dentro del espacio doméstico. Las madres modernas, a diferencia quizá de nuestras abuelas, ya no cuentan con una familia extendida ni con la gracia de una vida comunitaria que les permitan  activar de manera sencilla y natural una matriz social de apoyo para aprender y satisfacer con éxito las demandas de este período.

 

       Y no sólo suele no haber hay abuelas, tías, primas o hermanas con las que compartir la crianza de un bebé, si no que tampoco crecemos compartiendo el espacio y aprendiendo de modo indirecto como se cuida y cría a los otros bebés de la familia. Para muchas mujeres modernas, hijas de pequeñas familias modernas, el primer contacto cercano con un recién nacido puede ser con su propia hija/o. Las escuelas nos enseñan muy poco sobre las necesidades y cuidados de los pequeños, menos aún sobre los procesos que atraviesan las mujeres al hacerse madres. Y los ritmos desenfrenados e individualistas de la vida moderna han borrado de los mapas los espacios comunitarios y colectivos donde las madres puedan encontrarse para compartir y convivir creciendo juntas en la experiencia. Se podría decir entonces que la doula tiene por función maternar a las madres huérfanas de comunidad para apoyarlas en el desarrollo de sí mismas como mujeres y madres.

 

       Aunque el papel de una doula es importante ya durante la gestación, y su función se ha dado a conocer principalmente por el importante acompañamiento que hace durante el parto, su quehacer en el período posparto es especialmente interesante. Luego del nacimiento, suele ocurrir que toda la atención y los cuidados son para el bebé recién nacido, quien pasa a ser el centro de toda la familia, y la madre suele quedar -y puede sentirse- completamente olvidada de las preocupaciones del entorno. Y esto, mientras es justamente durante el período posparto cuando las principales transformaciones y desafíos emocionales y psíquicos de la maternidad tienen lugar, cuando las demandas y necesidades del bebé recién llegado se materializan. Es después del nacimiento cuando las exigencias objetivas de éste ocupan la realidad cotidiana entera de su madre. Es durante el posparto cuando la mujer-madre está llamada a hacer el sacrificio de estar allí, disponible para mantener con vida y en las mejores condiciones existenciales a su bebé. Ella deberá desplegar entonces recursos que ella misma desconoce si los tiene o no y deberá hacer frente a una tarea a la vez hermosa y descomunal.

 

       En este período, el trabajo que presta la doula consiste en cuestiones muy básicas y prácticas, como ayudarla en los quehaceres de la casa, prepararle algo de comer o de beber a la mujer, ayudarla con la muda de ropas y de pañales, y orientarla para que aprenda a amamantar a su bebé. Su papel es entonces, al mismo tiempo que práctico, también educativo. Ella le orientará sobre la alimentación adecuada o recomendable y sobre los cambios fisiológicos y metabólicos propios del proceso de recuperación tras su embarazo y parto. Con la doula, la mujer podrá hablar tanto sobre las dolencias propias del posparto como sobre la comunicación y la sexualidad en la pareja, por ejemplo. Así, en términos generales, la doula puede favorecer con su orientación y apoyo práctico a que la mujer y su familia logren disfrutar y aprender de este período lleno de magia, desafíos y descubrimientos.

 

       Para las mujeres el período posparto es un período particularmente sensible en términos psíquicos. Las estadísticas de salud mental informan que durante el período que sigue al nacimiento de un hijo/a las mujeres presentan más riesgo de desarrollar trastornos psiquiátricos que en cualquier otra etapa de sus vidas. Entre estas cifras se cuentan desde los casos relativamente frecuentes (10% a 15%) de depresión posparto, hasta los casos de más gravedad como las de psicosis puerperales, que aunque son muy pocos, se dan muchísimo más que cualquier otra psicosis en otras etapas de la vida de las mujeres. También se ha descrito desde la psiquiatría y la psicología “tradicional” un cuadro disfórico que aparecería en cerca del 65% o hasta el 80% de las mujeres llamado comúnmente “baby blue”. Este corresponde a reacciones emocionales relativamente intensas, que suelen caracterizarse por ánimo triste, labilidad emocional, confusión y sensación de fatiga. Para estas categorías psiquiátricas se pueden rastrear un sinnúmero de explicaciones basadas en el equilibrio neuroquímico y neurohormonal de las mujeres. Pero todas estas caracterizaciones provenientes de la perspectiva tradicional de la salud mental consideran, sin embargo, que lo “normal” y esperable para el período posparto sería una adaptación rápida, plana y “natural” a los intensos cambios que la maternidad conlleva, pues las mujeres estaríamos diseñadas para realizarnos en el ser madres.

 

       Más allá de toda la efervescencia hormonal que efectivamente es parte de este período y que tiene sin duda cierto impacto en el equilibrio emocional de toda puérpera, las intensas reacciones emocionales y los conflictos internos e intersubjetivos que se observan en el posparto tienen mucho más que ver con las condiciones biográficas y el entorno en el que se desarrollan las transformaciones psíquicas y sociales que son necesarias para convertirse en madre y asumir esta nueva identidad y sus responsabilidades.

 

       Cuando el posparto es visto desde una perspectiva idealizada e irreal de la maternidad y se espera que la mujer que tiene un bebé se convierta por fin en una mujer completa, realizada y feliz, y que ame y se sacrifique por su bebé, cualquier emoción o pensamiento que no responda a este imaginario social será una fuente de ruido y conflicto para la nueva madre. Pocas veces, el entorno social actual abre espacios para que una puérpera exprese con libertad y sin juicios sus aprensiones, sus temores, sus dudas y hasta su desilusión ante la realidad de la maternidad. Esas emociones no se aceptan con facilidad y se tienen a   minimizar los conflictos maternos o a devolvérselos a la madre en forma de culpa por no estar cumpliendo con las expectativas asociadas a su nuevo rol.

 

       Aquí, el acompañamiento experto de una doula tendrá también una importancia trascendental, ya que ella entenderá que el posparto es una oportunidad única, privilegiada y exclusiva de las mujeres-madres para avanzar en el camino del autoconocimiento y el desarrollo personal. Más allá de verlo como una fuente de riesgos y síntomas de malestar psicológico, la inmensa carga emocional del posparto puede entenderse como una invitación a sumergirse en las profundidades del alma y resurgir desde ahí cargada de nuevas energías y nuevas sabidurías. En la medida en que la mujer tenga la genuina intención de encontrarse consigo misma y se permita recibir la ayuda que una doula posparto puede darle, encontrará un nuevo camino hacia su interior, lleno de respuestas en relación con lo femenino, con su propia madre, con otras mujeres, con la niña interior y también con el padre y el mundo masculino.

 

       En este sentido, quizá una de las tareas más especiales e interesantes de una doula posparto consiste en ayudar a la mujer a procesar la experiencia de su parto, relatarla nuevamente, poder comprenderla, revivirla y aprender de ella acerca de sí misma. Al apropiarse de su experiencia de parto, cualquiera que ésta haya sido (su parto soñado, una cesárea de urgencia, un parto con complicaciones, etc.) la mujer encontrará la fuerza para sumergirse en las aguas de su mundo interior y navegar así su propia ruta hacia la transformación en la maternidad.

 

       La figura de la doula posparto llena los espacios vacíos de conciencia que caracterizan muchas veces la maternidad occidental moderna, y permite a las mujeres conectarse consigo mismas, con su ser interior, con sus fortalezas y desde ahí les ayuda a enfrentar sus miedos. El desarrollo de doulas concientes de la enorme importancia de una maternidad conciente fortalece los lazos con los que se construyen las familias que verán crecer niñas y niños capaces de amar y de construir en su adultez un nuevo mundo, más pacífico, más respetuoso, más igualitario.

 

       Varinia Barría León es psicologa y antropologa. Doula parto y postparto y vive en Concepción - Chile. Esta fue su monografía de final de curso de Formación de Doulas Postparto 2010.

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